Pues me ha dado por escribir algo, esto es algo que tengo desde hace bastante tiempo (ahora lo releo y noto el aire infantiloide de hace un par de años)... si veo que tiene gracia, pues colgaré alguna cosita más...

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Pues, querido amigo, hoy te puedo contar muchas cosas. Realmente, todas las que den abasto de mi imaginación... y es que me encanta ver tu cabeza torcida, tus ojos abiertos y las orejas casi temblando esperando más y más, y muuucho más. :)

Hoy te contaré tu historia, porque aunque tú creas que la sabes, no tienes ni pajolera idea, no te acuerdas de lo más importante con la de mierdas que te has metido en el cuerpo.

Eres un gañán. No, no me mires así... eres un gañán de verdad, de los de diplomatura y máster.

Naciste en un bar de Terrassa, una ciudad fea, gris y triste... no fue un principio muy bueno, pero alguno hay que tener. Me parece ver a tu madre aún, bufando, gritando y poniéndonos a todos a parir por la simple razón que no sabíamos cómo sacarte de su panza, espatarrada en la silla con el cortado por encima de todo el vestido. Fue Manolo el que, como un rayo, tiró las tazas de café con leche y las servilletas de una mesa y allí plantó a su mujer, evitando femeninos zarpazos y mordiscos. Y silencioso saliste de una maraña de blobs sanguinolentos, recojidito en una improvisada cuna de trapos de cocina (los menos grasientos que encontramos) con los ojines cerrados y sin querer ni echar un vistazo a tu alrededor. Nació muerto el niño... Perro desde el principio que eras, macho..

Y Manolo, tu padre y dueño del bar, cambió el nombre del local por el bonito acontecimiento. El Jinete de las JJJ, se llamó Las JJJ de la virgen de la Concepción. (Entiende que tu madre de virgen no tenía nada, pero bonito quedaba, y lo majo que era contar la historia a los que venían frescos para pudrirse en aquel antro)

En tus primeros años te pasabas el día corriendo por la casa y por el bar que te vio nacer mirando todas las cosas, insultando a todo el que se pusiera a tiro de escupitajo en tu ventana. De nada sirvieron los muñecos de payasitos, ni los tonos pastel que te rodeaban en tu habitación... eras infantil y cruel, sin piedad por gatos, perros y hasta a mí misma, tu abuela, me pateabas las piernas si no te daba lo que querías.
Tu padre se martirizaba pensando porqué no te dejó caer entre las cenizas y los restos de carajillo cuando pudo. Juan, el del 3º, escuchaba tus gritos deseando agarrarte del pescuezo y no soltarte hasta que tuvieras los ojines brillantes y la piel blanca... y el corazón en silencio. Tu madre llegaba a mi casa con los ojos rojos, marcados por las ojeras, preguntándome qué estaba haciendo mal. Y yo, como madre, sólo sabía acunarla entre mis brazos y dejarla que me llenara de lágrimas y mocos.
Hasta servidora se preguntaba, si los parecidos siempre se saltan una generación, qué hijos de puta tenían que ser los suegros de tu madre, porque de mi familia no habías salido seguro.

Y seguiste creciendo. En el colegio te ganaste fama de peleón solitario. El típico niño sucio, con las rodillas peladas, el pelo con un color indeterminado y siempre despeinado y mugriento. Las niñas te tenían miedo, y los chavalines se reían de tí, pero a la vez se apartaban temerosos. Parecías un loco en miniatura. Hasta que apareció Sue.

Su, su, sú!!!! Sá, sá, sá!!!--- le cantabas en burla moviendo el pandero de forma grotesca y reías tú solo de tus gracias. Ella no entendía porque ese ceporro se divertía bailando esa estúpida canción, ya que tampoco entendía apenas el castellano. Recién llegada de Inglaterra, su acento raro y sus enormes ojos azules te fascinaban, y el único modo que tenías para llamar su atención era avergonzándola y levantándole las faldas hasta hacerla llorar. Pronto sus padres la cambiaron de colegio porque la cría se negaba a ir por la mañana, y tenían que arrastrarla hasta la clase con los mocos colgando y una carita de lástima que rompía cualquier corazón, menos el tuyo.

Pero bueno, tampoco te voy a pintar como un desgraciado, porque como abuela algo me hace quererte y valorar lo poco que puedas tener de bueno. Un mohín de frustración se te dibujó en la cara cuando te diste cuenta que por tu idiotez ya no verías más aquella cascada rojiza de los rizos de Sue. Imbécil, mira qué te perdiste...

El paso de los años, y los frecuentes cachetes de tu madre y palizas de tu padre (eso sí, siempre a puerta cerrada no fueran a pensar que era otro monstruo cruel como su hijo), hicieron tranquilizar al toro bravo de tu mal genio y fuiste capaz de hablar más de dos frases seguidas sin estallar de rabia. En el instituto seguías metiéndote en jaranas, pero sabías usar los sesos para que no te mataran a la vuelta de la esquina. Siempre podías escabullirte y no necesitabas de amigos protectores, tu navaja era tu mejor amiga para esas cosas. Supongo que todo cambió aquella noche, en la que las cosas se te fueron un poco de las manos. Te cambia la cara, ¿no? Te refrescaré un poco la memoria, aunque no sé si lo necesitas....

Saliste del local, el Anthras, tó puesto y feliz, sintiéndote el dueño del mundo. La coca que te habías metido con el dinero robado a aquel chavalín en el metro había subido de un modo tremendo. "Brutaaaaaal", como dirías. Eso, con un par de cubatas y la sensación de verano que ya asomaba por aquel mes de mayo eran el pellizquín de felicidad que todos anhelamos. No podías hacer otra cosa que demostrarlo al mundo entero.
No tendrías amigos, pero sí un puñado de perdedores que preferían esconderse a tu espalda del resto de matones. Eso te hacía sentir fuerte, viril, y disfrutabas humillándolos a cambio de tu protección. Y allí estaban ellos, contigo en el garito.... preguntándose dónde los llevarías y qué pasaría de divertido. Les fascinaba tu poder de atemorizar.

Pronto encontraste una mancha en la hermosa noche. Una pareja de chicos en una esquina. "Maricones de mierda", susurraste. Lalo, el más burro, te oyó y te preguntó con la cara de bobalicón:
-¿Los matamos?- y la mancha se convirtió en un terrón de azucar preparado para endulzar la noche. Una paliza, sí, eso era lo mejor. Así demostrarías al mundo entero que tú eras un tío hecho y derecho, que se follaba a las tías, cuando podías, claro. Que por mucho que tú no pillaras cacho no eras uno de ellos. Que tu eras el macho del pueblo, del país, del mundo entero si hicieran un concurso. Sólo pensar en ello una erección "brutaaaaal" te hinchó los ajustados tejanos. "-Vamos".

Los acorralasteis siguiendo el método tradicional, y entre gritos y aullidos, los chavales recibieron puñetazos y patadas hasta quedar como dos trapos temblando en el suelo, sin saber dónde poner las manos para protegerse de los golpes. Te sentías como un dios después de hacer el bien y arreglar un pedazito de mundo. Ahora las cosas, como mínimo en los alrededores del Anthras, estaban bien.